Nunca el «público» había sido tratado con una violencia semejante a la que usaba Baudelaire, que inauguró su libro llamando hipócrita al lector

Hasta entonces, los autores se limitaban a mantener relaciones armoniosas con su público. Víctor Hugo incluso buscó una identificación con él ("Insensato, que crees que yo no soy tú", escribió en Las contemplaciones), pero nadie había protagonizado una rebelión como la de Baudelaire. "Baudelaire fue el primero en romper con el público", escribió Jules Laforgue. 

El tiempo no estaba para más concesiones. Sin dejar de reconocer la semejanza con el lector propuesta por Hugo, le hablaba con una insolente franqueza. En adelante, el público fue interpelado en sus convicciones y en su fe, en su paz y seguridad. Y en eso consistió la literatura moderna.



Al lector

La necedad, el error, el pecado, la tacañería,
ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
y alimentamos nuestros amables remordimientos,
como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;
nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,
y entramos alegremente en el camino cenagoso,
creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
que mece largamente nuestro espíritu encantado,
y el rico metal de nuestra voluntad
está todo vaporizado por este sabio químico.

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;
cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
sin horror, a través de las tinieblas que hieden.

Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,
robamos, al pasar, un placer clandestino
que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
en nuestros cerebros bulle un pueblo de demonios,
y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
desciende, río invisible, con sordas quejas.

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
todavía no han bordado con sus placenteros diseños
el lienzo banal de nuestros tristes destinos,
es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,
los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes
en la jaula infame de nuestros vicios,

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,
haría complacido de la tierra un despojo
y en un bostezo tragaríase el mundo:

¡Es el Tedio! — los ojos preñados de involuntario llanto,
sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
tú conoces, lector, este monstruo delicado,
—Hipócrita lector, —mi semejante, — ¡mi hermano!

Notas

Trismegisto, en griego, literalmente: «el tres veces más grande», calificativo habitual aplicado a Satán por su enorme tamaño en los escritos de Hermes, a quien se atribuyen obras filosóficas y religiosas y fue bautizado como padre del ocultismo, fundador de la astrología e inventor de la alquimia.

Helmintos, son gusanos parásitos y por tanto viven dentro o por fuera de sus hospederos, alimentándose de sus nutrientes.

La representación de los vicios humanos mediante formas animales tiene una larga tradición en la imaginería moral y religiosa. Desde la antigüedad, se han asociado animales específicos con diferentes vicios: la serpiente con la astucia, el zorro con la avaricia, el cerdo con la gula, etc.

Charles Baudelaire profundiza en esta idea en su obra, afirmando: "Suelo pensar que los animales nocivos y repugnantes acaso no sean otra cosa que la encarnación, el acceso a la vida material, de los malos pensamientos del hombre".


¿Cómo recibir ese desafío? ¿Cómo contemplar lo horroroso, lo cruel y lo siniestro que hay en "ese diccionario de melancolía y crimen" que era Las flores del mal? ¿Cómo soportar afrentas como esta:

¡Oh, troncos ridículos! ¡Oh, pobres cuerpos torcidos, flacos, ventrudos o flácidos! (...)

Es cierto que tenemos, naciones corruptas, Bellezas desconocidas para los pueblos antiguos: Rostros carcomidos por las úlceras del corazón.

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